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22 abril, 2008
Lloraba, el viento jugaba con su cabello. El la vio y corrió a besarla. Sus lágrimas se secaron y una tierna sonrisa apareció en su rostro. Empezaron a caminar, eran felices. Al abrir los ojos, las lágrimas seguían allí, cayendo. El viento la acompañaba a depositar las flores sobre el cristal. El había muerto.
24 marzo, 2008

Son miedo diferentes. El viento no ahuya en las noches silenciosas, pero sí lo hace el sonido de los aviones volando bajo, de los helicópteros a punto de perder la ruta para luego estrellarse. No hay animales que muerdan, telarañas que se sujeten con fuerza al cabello, bichos que piquen, plantas que hagan que tu piel se retuerza de dolor y enrojecimiento. Nunca habrá un animal exhibiendo cómo se sacia comiéndose a otro.
No, no hay nada de eso, sólo los moscos que produce la fruta podrida, el aire rancio del refrigerador, la mariposa perdida en el parque y el triste pájaro que se azota contra los vidrios. No hay manadas galopando, haciendo retumbar a la Tierra, mas hay manadas de autos que rugen. Se ven hermosos cuando el sol golpea sus cristales. No huela a lluvia ni a tierra. No hay amaneceres ni anocheceres que disfrutar. La vida trascurre distinta, son otros sus ciclos, son otras sus necesidades. Las estrellas están entre nosotros por la noche, luces de colores que bailan de un edificio a otro. En el cielo no hay nada más que gris
24 febrero, 2008
Sin título
Una niña vestida de negro contempla cómo una abeja besa a una rosa. Se queda allí, maravillada. Por su mente no pasa nada. No hay principio ni fin. Una mano la jala, le musita algo incomprensible al oído. La niña de negro baja las escaleras taconeando tan fuerte como puede para sentirse acompañada –tal vez para sentirse más adulta- entonces el horno, el cartón, el fuego se presenta ante sus ojos. Un hombre de traje gris le da unas tijeras, hace que vuelva a tocar la frente del cadáver. Está frío. Se aleja. Corta un trozo de cabello. Se da la media vuelta. Abraza las tijeras. El hombre del traje gris se las quita. La voltea. Musita palabras incomprensibles. La deja frente al cadáver. Acciona un botón rojo y ve como poco a poco la plancha de metal comienza a descender. Los pies, las piernas, los muslos, las caderas, la panza donde siempre durmió, el corazón, los brazos, el cuello, la cara. El último restriego de cartón con un algodón bañado en alcohol. Se espera para ver como arden las llamas. Él se rodea de fuego. Entonces cierra la compuerta. En tres horas habrá terminado.
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